Diego González, especial para San Luis 24: “Adiós maestro” en homenaje a Mario Vargas Llosa

Días atrás se despidió de este mundo el gran maestro peruano y universal Mario Vargas Llosa, en silencio, después de una larga y fructífera existencia vital, rodeado de sus afectos cercanos, con todos los honores. Cualquier crónica en más o en menos expresaría términos similares.

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               En ocasiones, uno esperaría leer más que dos renglones en redes sociales o una mención periodística al pasar, ante un hecho natural cuyo significado cultural es enorme (y universal).

               Quizás, para muchos, pienso en nuestra cuestionable “argentinidad”, el genial peruano haya sido, en cierto modo, un personaje incómodo, porque el autor de Lituma en Los Andes o Conversación en la Catedral nos recordaba, en cada renglón, en cada expresión, nuestro ser latinoamericano. Y… para “tilingos” siempre aspirantes a europeos cambiados de continente somos nacidos y criados, vio.

               Conocí a Vargas Llosa por obra y gracia de una querida tía literata cordobesa, Alberta Sarrat Saumell, quien ejercía con sabiduría y encanto sin par el preciado y escaso don de interesar a los niños en estos temas. Hoy, muchos años después, si bien he perdido algunos detalles, recuerdo aquel ejemplar ajado y pequeño -casi de bolsillo- de “Los Cachorros”; ella me dijo, con la autoridad académica que le era propia (y cariño): “Leélo y después me contás de qué se trata”, como lo había hecho desde que aprendí a leer hace mil años. Fue lo que hice tiempo después, me escuchó y sonrió, nada más. Mi mundo preadolescente cambió para siempre, aún hoy siento ese deslumbramiento por la belleza exuberante, vertiginosa, de la brillante narrativa de un autor irrepetible. Después vinieron -por iniciativa propia- La Ciudad y los Perros, Los Jefes y, prácticamente, toda su obra publicada.

               En cuarto año de la secundaria, un extraordinario profesor de Literatura del Colegio Nacional de Villa Mercedes, Don Mario del Rosario Roldán, casualmente discípulo de la mencionada tía, culminó su obra y transformó al suscripto en un completo admirador de quien hoy despedimos. Roldán -siempre de gesto adusto-, militar de profesión, además, explicaba a los autores, las épocas y los conflictos humanos de la manera que solo un literato erudito, cultísimo y talentoso puede materializarlo. Magnífico expositor de ideas, metáforas, elipsis y todo lo que está escrito bajo el sol; gracias Profesor Mario por acercarnos a Mario. Gracias.

               Todos somos portadores sanos de alguna parte de la obra de Vargas Llosa, todos. Aprendimos de frustraciones, tradiciones, estética, colores, sabores, olores, amores. La Fiesta del Chivo describió mejor algunas realidades políticas -horribles- de esta parte del mundo que 10.000 politólogos al unísono, y todo sin perder un ápice de su mágica genialidad, letra por letra, signo por signo, genialidad de la a la z, total.

               Y yerran aquellos mezquinos que lo juzgan por sus ideas políticas, salvo que piensen que en vez de escritor fue nada más que un político. Los humanos solemos manifestar esa tendencia irrefrenable a reducir la dimensión de las personas a un único quehacer. Es humano, como también lo era él; pero su monumental obra, aunque también humana, creo que es divina, tal vez en partes iguales, porque tan desbordante talento no se consigue en mercado alguno.

               Mario Vargas Llosa, gracias por el fuego.

               Adios, Maestro.

Por Diego Martín González, abogado, profesor en Ciencias Jurídicas, y exministro de Seguridad de la provincia de San Luis.

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