Trump justificó la decisión señalando que muchas fábricas de automóviles han trasladado su producción a países como México y Canadá, afectando el empleo en Estados Unidos. “Vamos a cobrar a los países por hacer negocios aquí y llevarse nuestra riqueza”, declaró en la Casa Blanca.
El nuevo arancel se suma a las tarifas ya impuestas sobre importaciones de acero y aluminio. Además, podría tensar las relaciones comerciales con socios clave como Japón, Alemania, Corea del Sur, México y Canadá, principales proveedores de autos para el mercado estadounidense.
Según el Center for Automotive Research, la aplicación de este arancel podría aumentar significativamente el precio de los vehículos en el país, encareciendo algunos modelos en miles de dólares y afectando la demanda. Actualmente, alrededor del 50% de los autos vendidos en EE.UU. son de fabricación local, mientras que el resto proviene de mercados extranjeros.
La noticia generó incertidumbre en los mercados financieros. Wall Street reaccionó con caídas en los principales índices bursátiles. Las acciones de General Motors descendieron un 3,1%, mientras que Ford registró una leve subida del 0,1%.
Trump ha denominado la fecha de entrada en vigor de los aranceles como el “Día de la Liberación” de la economía estadounidense. Además de la industria automotriz, ha advertido que podrían imponerse nuevas tarifas a sectores como el farmacéutico y el de semiconductores.
El presidente afirmó que su objetivo es lograr acuerdos comerciales más justos, aunque reconoció que podría ser “más indulgente que recíproco” en la aplicación de sanciones a otros sectores.
La decisión de Trump de elevar los aranceles a los vehículos importados genera incertidumbre en la economía global y podría desencadenar represalias de otros países. Con el 2 de abril acercándose, los fabricantes de autos y los consumidores estadounidenses estarán atentos a las consecuencias de esta política comercial.


