A 216 años del 25 de Mayo: del grito de soberanía al desguace del Estado y la sumisión a Estados Unidos

A menudo, enseñar Historia es encontrarse con una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad abre una discusión enorme como es ¿qué pasó verdaderamente el 25 de mayo de 1810?. Y lo cierto es que mucha agua pasó bajo el puente desde el primer gran intento de explicación histórica realizado por Bartolomé Mitre en la segunda versión de Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, publicada en 1876, donde sostuvo que el 25 de Mayo representaba el hito fundacional y el mito de origen de la nación argentina.

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Su obra permitió construir, por primera vez, una narrativa integral de la Revolución. Pero también instaló una idea que durante décadas dominó buena parte de la interpretación histórica. Allí había nacido una conciencia nacional ya preexistente en la época colonial, como si la identidad argentina hubiese estado esperando, silenciosa, el momento de revelarse.

Sin embargo, acaso resulte más coherente explicar aquellos acontecimientos a partir de la crisis de la monarquía española que terminó desencadenando el proceso revolucionario, y no como la irrupción inevitable de un sentimiento nacional previamente consolidado. Para la identidad americana, 1810 fue un año bisagra. Todavía no existía un proyecto claro de nación y mucho menos aparecía en el horizonte el nombre “Argentina”. Lo que sí comenzaba a emerger la pregunta decisiva de quién debía ejercer el poder después del derrumbe de la autoridad española.

Las Leyes de Indias regulaban hasta los estornudos en la vida colonial, pero jamás habían contemplado qué debía hacerse ante la ausencia de un rey legítimo. Ni España ni los territorios de ultramar reconocían a José Bonaparte como soberano, aun cuando la llamada Farsa de Bayona intentó legitimar la ocupación napoleónica. El problema era enorme, porque hasta entonces la monarquía absoluta establecía que la soberanía residía exclusivamente en el rey, y Napoleón terminó haciendo estallar ese principio de un modo impensado.

La preocupación concreta y profundamente política era quién tenía derecho a mandar. Con la caída de la Junta Central de Sevilla desaparecía el último bastión institucional de resistencia española y, en el Río de la Plata, eso significaba algo demoledor: ya no había rey al cual representar.

Es allí donde aparece la denominada “retroversión de la soberanía”, una doctrina política y jurídica según la cual, ante la ausencia de un monarca legítimo, el poder regresaba al pueblo que es la fuente donde se origina. La idea, sostenida por hombres como Castelli, habilitaba la posibilidad de reasumir la soberanía y construir un nuevo gobierno.

La discusión de 1810 fue, en esencia, una disputa feroz acerca de quién debía mandar en estas tierras y para beneficio de quién debía organizarse el poder. Aquellos hombres, con todas sus contradicciones, privilegios y tensiones internas, comprendían que lo elemental para una nación era decidir sobre sus recursos, su comercio y el destino de su pueblo y que la dependencia de España la condenaba a convertirse en una factoría administrada desde afuera.

Y quizás por eso aquella discusión vuelve hoy con tanta fuerza, aunque bajo nuevas formas. Porque mientras los actos oficiales evocan los ideales de Mayo con solemnidad ceremonial, la Argentina atraviesa un proceso de alineamiento político, económico y estratégico con los Estados Unidos que muchos observan como una nueva forma de dependencia.

Y ante nuestra mirada absorta se instalan discursos que sostienen que los argentinos no somos capaces de administrar nuestros recursos ni de gestionar nuestro propio Estado. Se cuestionan desarrollos científicos y tecnológicos estratégicos mientras se promueve la venta de patrimonio nacional y activos por valores muy inferiores a los reales.

Uno de los episodios más polémicos fue protagonizado por Demian Reidel, expresidente de Nucleoeléctrica Argentina, quien afirmó públicamente que el principal problema de la Argentina era estar “poblada de argentinos”.

Durante una exposición, Reidel destacó nuestra abundancia de recursos naturales, el acceso a energía y agua, las condiciones climáticas favorables y la ausencia de conflictos bélicos o catástrofes naturales significativas. Sin embargo, concluyó que el principal obstáculo para el progreso era la propia población.

La paradoja resulta brutal. Mientras se afirma que los argentinos no somos aptos para administrar nuestros recursos, se profundizan políticas de desguace estatal y transferencia de áreas estratégicas que debilitan precisamente las capacidades nacionales construidas durante décadas en materia científica, tecnológica y energética.

Y allí es donde la palabra soberanía, tantas veces vaciada de sentido por la retórica política, recupera toda su dimensión real. Porque la soberanía no es una abstracción romántica ni una frase para los actos escolares. Es la capacidad concreta de decidir.

En los últimos meses, el alineamiento automático con Washington comenzó a transformarse en una política explícita. Ni siquiera se intenta sostener una idea de autonomía relativa y la subordinación geopolítica y económica empieza a presentarse como una virtud.

Fuente: C5N


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