A los 10 años, Ryan Hulance decidió preguntar en comercios de Solihull, en West Midlands, si podían guardarle las latas de aluminio que normalmente descartaban.
Lo que empezó como una actividad doméstica pronto se transformó en una red con unos 200 proveedores habituales. Su familia lo acompañó desde el inicio, almacenando las latas en casa y aplastándolas con el auto para reducir espacio antes de llevarlas a reciclar.
La creación de We Can
El adolescente fundó la iniciativa We Can con dos objetivos claros:
Evitar que el aluminio reutilizable terminara como residuo.
Transformar el dinero obtenido en ayuda para personas necesitadas.
La Aluminium Federation británica documentó en 2024 que la organización ya había procesado más de 8.000 kilos de latas (aproximadamente 350.000 unidades) y colaborado con 23 puntos de recolección.
Con el tiempo, la escala del emprendimiento hizo imposible mantener métodos caseros. Actualmente, Ryan recibe unas 20.000 latas semanales y utiliza una compactadora industrial que convierte enormes cantidades de aluminio en bloques fáciles de almacenar y transportar.
En marzo de 2026, la iniciativa había reciclado alrededor de 1,5 millones de latas, generando unas £18.000 (aproximadamente USD 24.000) destinadas a fines benéficos. Ya en 2024, el proyecto había contribuido con más de £4.500 en alimentos para bancos de comida, mostrando su impacto social incluso antes de alcanzar el millón de envases.
El esfuerzo personal
Ryan dedica unas 20 horas semanales a recoger, organizar y procesar las latas, principalmente después de clases y durante los fines de semana.
Aunque reconoce que a veces preferiría jugar videojuegos con sus amigos, asegura que lo motiva la posibilidad de ayudar a familias que necesitan apoyo. Su próximo objetivo es procesar de manera constante más de una tonelada de latas por mes.
La iniciativa adquirió estructura legal mediante una Community Interest Company, modalidad británica reservada a organizaciones comerciales orientadas a generar beneficios comunitarios.
Este paso le otorga mayor formalidad y sostenibilidad al proyecto, permitiendo que continúe creciendo y sumando colaboradores.
Impacto social y ambiental
El caso de Ryan demuestra cómo la acción individual puede generar un impacto colectivo:
Reducción de residuos: millones de envases fueron reciclados en lugar de terminar en vertederos.
Solidaridad comunitaria: los fondos se transformaron en alimentos y apoyo para familias vulnerables.
Inspiración juvenil: su ejemplo motiva a otros jóvenes a involucrarse en proyectos ambientales y sociales.
Economía circular: convierte desechos en recursos útiles, integrando reciclaje y ayuda comunitaria.
La historia de Ryan Hulance es un ejemplo inspirador de cómo el reciclaje puede convertirse en motor de cambio social. Con apenas 13 años, logró combinar conciencia ambiental y solidaridad, mostrando que incluso una acción tan simple como recolectar latas puede transformar comunidades enteras y abrir camino hacia un futuro más sostenible.
Fuente:Noticias Ambientales


