Messi y la captura de la amígdala

Mientras la pelota rodaba y cientos de millones de personas en todo el planeta seguíamos el espectáculo deportivo, una arquitectura invisible operaba a toda marcha en nuestras pantallas. Bastaba abrir cualquier plataforma digital X, Instagram, TikTok o YouTube durante las semanas del torneo para comprobar cómo narrativas de odio hacia Argentina ganaban una tracción colosal a escala global: la tesis de que Lionel Messi era el beneficiario de un complot para volver a coronarlo (“la princesa de la FIFA”) y la sentencia categórica de que la sociedad argentina era estructuralmente racista debido a la ausencia de jugadores negros en su plantilla nacional.

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A primera vista, podrían interpretarse como meras polémicas de bar trasladadas a la esfera digital; exabruptos pasajeros o choques culturales propios de un evento masivo. Sin embargo, reducirlas a anécdotas folclóricas impide ver la verdadera escala del problema. Estas narrativas no se propagaron masivamente por su veracidad, ni por la solidez de sus datos, ni por responder a un debate genuino. Prosperan por su absoluta rentabilidad algorítmica.

No es una gran conspiración antiargentina. La arquitectura de incentivos de las plataformas digitales no está diseñada para fomentar la deliberación racional ni el intercambio de ideas complejas, sino para maximizar el tiempo de atención de los usuarios.  

En Estado o algoritmo, he analizado este fenómeno a través de lo que las ciencias del comportamiento denominan la captura de la amígdala. La amígdala, esa pequeña estructura cerebral encargada de procesar las respuestas emocionales primarias —en especial el peligro y la amenaza—, se convierte en el blanco preferido de la ingeniería del feed. Cuando un contenido dispara una respuesta amigdalina, el pensamiento crítico queda temporalmente cortocircuitado. Y la atención se retiene de forma eficiente activando nuestro sistema límbico: el miedo, la indignación, el agravio y la moralina instantánea. La indignación moviliza: genera clics, comentarios furiosos, citados, reacciones y compartidos. Y en la economía de la atención, cada gramo de indignación se traduce directamente en ingresos publicitarios. Ese es, en última instancia, el verdadero poder de las plataformas digitales: la capacidad de instalar agendas, moldear percepciones colectivas y erigir nuevos sentidos comunes sobre la base de la manipulación emocional a gran escala. 

En el caso del Mundial, la lógica operó con mucho éxito, se activaron sesgos que responden a diferentes intereses. Para los  fanáticos  del Real Madrid  y de CR7 el hecho de que Messi como jugador sea fraude. A la izquierda, o la agenda pro Palestina le da certeza  por su odio a Milei y el apoyo a Israel. A los futboleros que no quieren ver a un campeón repetir corona y a los vecinos que los sienten arrogantes. Para todos y cada uno hay un sesgo de confirmación de creencias preinstaladas. 

Poco importa la contextualización demográfica e histórica de la inmigración en la cuenca del Plata o los datos sobre lo que sucedía en el campo de juego ya que la acusación de “trampa” o de “racismo” activaba de inmediato una doble reacción amigdalina. Por un lado, la indignación punitiva de un público internacional listo para juzgar desde la superioridad moral; por el otro, la reacción defensiva y acalorada de millones de argentinos que salían a responder con el mismo nivel de visceralidad. El algoritmo no toma partido ni profesa ideología; simplemente premia el incendio porque el fuego genera audiencia.

En esta dinámica perdemos todos. La repetición sistemática de una narrativa bajo el amplificador algorítmico termina destruyendo el diálogo social, fomenta el odio, la polarización, y crea chivos expiatorios. Lo que antes requería años de hegemonía cultural, medios masivos o instituciones educativas, hoy se instala en cuestión de días mediante la repetición personalizada y la saturación emocional en las pantallas.

Esto es resultado de la privatización del espacio público en un puñado de plataformas que usan algoritmos para mayor engagement. Tienen la facultad discrecional de determinar de qué nos indignamos, a quién demonizamos y qué marcos conceptuales utilizamos para entender la realidad. Si el debate público global queda supeditado a datos opacos cuyo único criterio de optimización es la rentabilidad de la rabia, la soberanía popular se vuelve una ilusión. La captura de la amígdala es una estrategia comercial exitosa pero principalmente una amenaza directa a la convivencia democrática. Descifrar este mecanismo y recuperar la soberanía sobre nuestras emociones colectivas es, quizás, una de las principales batallas políticas de nuestro tiempo.

Escrito por Matías Bianchi


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